I
La oposición debe ser
reinventada. La Mesa de la Unidad Democrática es, por diseño, una instancia
político-electoral y, como tal, ha tenido importantes logros. El más reciente
fue la resonante victoria parlamentaria del 6D y lo ocurrido luego no debe desmerecerlo.
A pesar de ello está claro que la MUD —como instancia político-electoral,
insisto— no ha estado a la altura de otros dos desafíos: articular la protesta
social y diseñar un plan de desarrollo nacional. La razón de este hecho es tan
sencilla como contundente: la Mesa no ha logrado cumplir con ese cometido
porque no puede hacerlo. La Mesa tiene una lógica determinante: dar forma y
ejecutar acuerdos político-electorales. Nada más y nada menos. Sus decisiones
en otros ámbitos están, inevitablemente, mediadas por cálculos partidistas. Y
esto no es bueno ni malo: cada sistema tiene su razón de ser, su lógica. El
problema surge cuando pretendemos que un sistema sirva a un propósito distinto
al que lo define. Luego, los otros dos desafíos a los que me refiero han
requerido y requieren otros esquemas y otros participantes.
